Surgiendo del silencio

Sede de la CGT-Barcelona un viernes a las 18.00. Una larga cola de personas esperan para coger el ascensor hasta la novena planta. Al llegar, muchos tienen que quedarse de pie o sentarse en el suelo y otros cincuenta se quedan fuera: aforo completo, se va a proyectar Ciutat morta.

Documental realizado con la idea de dar visibilidad al llamado caso del 4F, lo componen entrevistas a los implicados y su entorno, noticias, e incluso vídeos de juicios y declaraciones. Tal como dicen sus dos directores, Xavier Artigas y Xapo Ortega, es “voluntariamente parcial”, aunque no por eso menos riguroso. El abanico de atrocidades que muestra es amplio y variado: ausencia de la presunción de inocencia, tortura, alcaldes mentirosos, racismo e incluso suicidio. Todo ocurrió en Barcelona a partir del año 2006, siendo bastante destructivo para una ciudad tan supuestamente abierta, tolerante y multicultural.

De fondo suena la impunidad de los poderosos, la indefensión del ciudadano, la injusticia y el silencio. Ese silencio que convierte a los cobardes en cómplices y que explica grandes atrocidades del pasado siglo XX. Un silencio que también sobrevuela todo el sistema judicial español, directamente heredero del franquismo, que en ningún momento el poder ha querido renovar o castigar.

Hoy día Ciutat morta sigue proyectándose en diferentes ubicaciones, países y festivales tras su estreno el pasado año. Precisamente, este fin de semana ha sido premiado de nuevo en el Festival de Cine de Madrid PNR. Poco a poco va aumentando su visibilidad también en Barcelona, la ciudad que le da nombre, donde sigue siendo relativamente desconocido por el silencio premeditado de algunos medios de comunicación.

Ese viernes, la sala repleta y calurosa de la novena planta se convirtió en lugar de sorpresa y piel de gallina durante las dos horas de proyección. Ojalá la voz siga corriendo y ojalá los medios le hagan por fin el eco que merece, tanto por el polémico caso como por el documental en sí. Un artefacto cultural que ha resultado más efectivo en la difusión y denuncia que cualquier manifestación o recogida de firmas.

Por qué Nymphomaniac es una buena película

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Nymphomaniac I y II causó revuelo incluso antes de su estreno: que si los actores se negaban a rodar algunas escenas de sexo, que si es muy explícita… Sí, pero nada de esto es lo más importante de este film. Más allá del marketing pre-estreno, lamentablemente la mayoría de críticas se han quedado en lo superficial del asunto, centrándose en la anécdota y simplificando hasta etiquetarla de pornográfica.

Lo que algunos hemos visto es otra cosa. Hay escenas de sexo explícito, pero resulta que también existen en el mundo real. La diferencia principal entre Nymphomaniac y una película porno es que está sumamente contextualizada. La protagonista, Joe, cuenta su vida llena de encuentros sexuales, pero a medida que conocemos al personaje eso pasa a segundo plano sin apenas darnos cuenta.

Es la historia de alguien normal cuya ¿adicción? al sexo lleva al extremo ciertas situaciones. Verosímil, creíble y profunda en la medida que es capaz de plasmar las emociones y la evolución interior de una persona. Todo ello in crescendo: una primera parte más divertida, de juventud y descubrimiento, y la segunda, mucho más seria y oscura. Ambas divididas en capítulos que consiguen sorprender, divertir y hacer sufrir según el momento.

La película tiene muchos matices y puede dar pie a muchos debates, empezando por los personajes debido a sus diferentes perfiles y el papel que ocupan en la vida de Joe. Junto a Melancolía y Anticristo forma una triada (Trilogía de la depresión) que habla sobre feminidad, instintos primarios, desesperación y destrucción entre otros.

Como en otras películas de Von Trier, refleja dudosa fe hacia el ser humano y se pone en el punto de mira a la sociedad, como por ejemplo, en Los idiotas. Tras verla entera, para mi uno de los grandes mensajes de la película es “el problema lo tienen los demás”, igual que lo tienen cuando una mujer decide abortar o alistarse a la marina. Ser ninfómana puede ser un problema, como cualquier otra adicción, pero también puede no serlo. Puede que sea un problema sobretodo para la sociedad, que ningunea a los que son diferentes incluso cuando dice no hacerlo. Cuando una es etiquetada como ninfómana deja de ser considerada un ser humano con criterio y emociones. Sólo es una ninfómana.